Siempre le pasaba lo mismo. Cuando se aburría se ponía
a soñar. No podía controlarlo. Como si algo o alguien muy
dentro suyo no pudiese quedarse quieto, como si su mente no pudiese descansar,
como si no pudiera relajarse, realmente relajarse, algo le impedía
quedarse simplemente en blanco cuando, por ejemplo, viajaba en tren, esperaba
un colectivo, o estaba en un ascensor. Por ejemplo, el otro día
había salido de una reunión pesada, muy pesada, en un edificio
alto, de 25 pisos. El estaba justamente en el piso más alto, y volvió
al ascensor, y lo tomó solo, el ascensor estaba vacío. Lo
único que había por hacer era mirar los números de
los pisos. Era un panel que estaba arriba, a su izquierda. Los números
eran rojos, gigantes, muy visibles, era imposible no verlos, ahora estaban
marcando el número 25, un número 25 enorme y rojo. El ascensor
empezó a bajar, lenta-mente, pausada-mente, lánguida-mente.
Era imposible no sentir que la mente empieza a flotar, la atención
se fija en los números, 24, 23, 22, y la mente se detiene, el mundo
exterior es demasiado aburrido, 21, 20, la atención se enfoca hacia
adentro, 19, 18, empezás a flotar, simplemente flotar, 17, 16, te
dejás llevar, 15, como esa vez que lo llevaron a un viaje largo
en auto, 14, contando los postes que pasaban, 13, 12, nada que hacer, sólo
dejarse llevar, 11, se imaginaba que flotaba, el cuerpo no pesa, 10, 9,
y es fácil flotar, volar, como en un sueño, 8, 7, lentamente,
tranquilamente, pausadamente, 6, 5, 4, las paredes del ascensor desaparecen,
se funden, 3, 2, y estás rodeado de un color azul celeste, 1, 0,
el ascensor se abre y no estás en el nivel del suelo, estás
rodeado de azul, rodeado de cielo.
Abajo tuyo, a lo lejos, ves una gran cantidad de algodon, blanco,
suave, silencioso,... son nubes. Bajás suavemente, con total calma
y seguridad hacia esa gran cama gigante, como cuando eras chico y querías
dormir en la cama de tus padres, blanca, grande, suave, cálida y
silenciosa, una cama del tamaño de una ciudad, ves como vas bajando
sobre esas sábanas blancas y arrugadas, y sentis esa paz, y flotas,
sólo flotás sobre esa gran sábana blanca. Te asomás
por un agujero entre dos nubes y ves, allí abajo, muy lejos, en
el suelo, una escena conocida. Un momento feliz, de alegría, seguridad
y confianza, una escena de cuando eras muy chico, lo ves cada vez con más
detalles, como si te acercaras. Podés oír las voces, los
sonidos, todo se torna tan real que podés estar ahí, y sentir,
sentir realmente sentir esa sensación de calma, seguridad, paz,
saber que todo está bien y puede seguir así para siempre.
Y llevándote esa sensación hacia las nubes nuevamente, podés
seguir espiando hacia abajo, hacia otro momento, que también pasó
hace mucho, mucho tiempo, pero que de alguna manera todavía te persigue,
un momento en que no había tanta felicidad, una vez que te dijeron
que te portaste mal, que te castigaron, aunque ahora sabés que un
chico nunca puede hacer algo tan terrible que no se pueda olvidar, ahora
podés ver por otro agujero de otra nube, mirar, desde arriba, desde
lejos, todavía teniendo ese sentimiento del recuerdo feliz, ver
esa imagen que antes traía des-confort, y darse cuenta, realmente
darse cuenta, de que lo que a un chico le parece algo importante, visto
ahora, desde arriba, con ese sentimiento de felicidad, no tiene ya más
poder sobre nosotros, nosotros somos dueños de ese recuerdo, y ya
será sólo un recuerdo gracioso, tonto, algo para contar a
los demás y reírse, incluso es tán fácil verlo
como si estuviésemos en el cine, ver ese recuerdo lejano desde arriba,
verlo de principio a fin, y cuando llegamos al fin, volver la película
hacia atrás, en reversa, todo se mueve al revés, de fin a
principio, rápido, cada vez más rápido, hasta que
no quede nada que nos haga sentir des-conformes.
Así soñaba cada vez que estaba en un ascensor,
esperando un colectivo, o viajando, y era raro, esos sueños le hacían
sentir una calma, una tranquilidad, salía sintiéndose maravillosamente
bien, relajado y listo para la acción.
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Saturnino Fernández, Héroe
Por Ignacio Covarrubias
El 12 de diciembre de 1956, Saturnino Fernández abandonó
la redacción de ”Crítica”, a las 18, cruzó al "Whisky
Bar”, situado enfrente, donde comenzó a beber a su salud, práctica
que realizaba invariablemente desde hacía 30 años. Por regla
general, bebía dos o tres copas de caña, pasaba después
al vermouth y luego seguía ya con lo que se terciara. Alrededor
de la medianoche su lengua estaba estropajosa pero su mente, colmada de
una celestial serenidad, sentía que el cuerpo al que estaba atada
era capaz de realizar cualquier cosa.
En tan feliz estado de ánimo dormía hasta mediada
la mañana, momento en el cual desayunaba con un par de aspirinas
y se preparaba para su cotidiana labor de reportero. Era una vida metódica,
si no mesurada, y con tal singular régimen esperaba alcanzar los
cien años de edad, basado en un claro razonamiento de orden científico.
--Todo puede conservarse mejor por medio del alcohol.
Empero esa noche precisamente -- la del 12 de diciembre-- ofrecería
cambios singulares en su destino, le causaría la muerte y lo tornaría
célebre en la historia del mundo, marcando su nombre un hito entre
el pasado y el futuro y creando nada menos que el "gobierno mundial", esfuerzo
en el que fracasaron todos los teóricos y todos los políticos,
desde Alejandro Magno hasta Atila, desde Genghis Kan hasta el Mahatma Gandi,
con diversos métodos.
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Esa noche ocurrieron tantas cosas que resulta difícil narrarlas
con una cierta lógica. El 12 de diciembre, en Buenos Aires --y especialmente
en la avenida de Mayo-- hacía un calor de todos los demonios. De
todos los demonios, en cambio, era el frío que hacía en Groenlandia.
En la base aeronaval del "Proyecto Bronx", punto indeterminado por la censura
militar del Pantágono, Washington, el piloto Dave Richardson emprendió
vuelo en una aparato de retropropulsión "Flash", de ocho turborreactores
y capaz de desarrollar "3 Matchs", o sea, 3 veces la velocidad del sonido.
Ascendió verticalmente hasta 10.000 metros, aprisionado
por el traje compensador de presión, y aspiró el oxígeno
de los tubos especiales en un vuelo que habría de ser pura rutina,
destinado únicamente a probar un nuevo sistema descongelador del
fuselaje.
Dave cruzó la barrera supersónica, invirtió
los mandos y siguió volando en línea recta y con rumbo este-noroeste
mientras se comunicaba con la base.
"Altura, 10.000, velocidad 3 matchs, vuelo normal, temperatura
exterior, 36 grados bajo cero"...
Sus palabras llegaban monótonamente a la base cuando de
pronto cambió el tono de voz. Se hizo tensa la expresión,
los que controlaban la prueba oyeron exclamaciones impropias de un piloto
en vuelo --máxime que en caso de accidente podía morir con
ellas en la boca, lo que no era recomendable para el alma, ya que lo del
cuerpo no tendría compostura-- y pensaron en los primeros momentos
que el infortunado Richardson se había vuelto loco.
--¡Frente a mi proa, veo una nave extraña! ¡Creo
que es un plato volador! ¡Como aquellos de 1951! Se precipita hacia
adelante... ya no lo veo más... ¡Diablos! Otra... y otra...
a 190 grados una formación, son docenas..., el cielo está
cubierto..., acabo de esquivar una..., tenía una luminosidad celeste...,
una velocidad de 20 Matchs... ¡que barbaridad! ¡Eh, hijo de
perra..., casi me arranca un ala! Están dejando caer algo. Parecen
copos de nieve... o de algodón... No, parecen plumones blancuzcos...
¡Cuidado abajo!... ¡Lancen la voz de alarma! ¡Alarma!...
No se escuchó más ni se lo volvió a ver.
Dave Richardson, de acuerdo a los historiadores, fué la primera
víctima.
Lord Evanston, adventista del séptimo día, era
también abstemio además de gobernador británico de
Singapur. El 12 de diciembre de 1956 se encontraba en la veranda de su
casa de gobierno conversando con su esposa, mientras ambos bebían
un refrescante vaso de jugo de lima --importado de Inglaterra, por supuesto--
y comentando los sucesos del día.
--Creo que sir David debería tener más cuidado
con su personal. Me parece que su nuevo ayuda de cámara es comunista
y eso es peligroso, mucho más en Malaya.
En ese preciso momento, eran las 23.1, cayó en el jardín
de la residencia una extraña lluvia de algo parecido a plumones
blancos. Pero no se trataba de materia inerte. Al caer, comenzaban a arrastrarse
como si fueran hojas empujadas por el viento y a formar montoncitos que
poco a poco tomaban una forma esférica del tamaño de una
pelota de fútbol.
Lord Davidson quedó con la mano en alto, el vaso empuñado,
la boca abierta. Lady Davidson lo miró con espanto.
--¿Qué te pasa, darling?
No pudo ella terminar la frase, inmovilizada a la manera de las
figuras de cera del Museo de Madame Tussaud.
Tovarish Bulganin --dijo Molotov--, La situación es insostenible.
Los norteamericanos se arman y nosotros también. ¿Cuándo
vamos a comenzar la guerra? Creo que esta primavera sería lo más
indicado. Nuestros depósitos de bombas atómicas...
Bulganin sonrió con toda la boca, con buen humor y picardía.
Después se aproximó a una de las ventanas de doble
cristal, del Kremlin, para ver cómo caía la nieve en uno
de los patios interiores. El espectáculo lo atrajo de tal forma
que no escuchó más a Molotov.
--Eh, Tovarish, ¿qué le pasa?-- gritó Molotov.
--Mire..., mire aquello...
Entre los copos de nieve, caían otros, algo mayores, lentos
también, pero se los veía a la luz de los reflectores encendidos
para evitar toda sorpresa, tomar una forma esférica y agruparse.
--¿Qué es eso? ¿Serán las nuevas
armas que nuestrro servicio secreto de informa...?
Ninguno terminó de hablar. Habían quedado petrificados.
Eran las 23.6 de la noche del 12 de diciembre de 1956.
Esa noche, a las 23 en punto, hora local --siempre hora local--,
el reelegido presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower --al grito
de "I like Ike again", "me gusta Ike otra vez"-- estaba a punto de calzar
las pantuflas en su dormitorio de la Casa Blanca, mientras charlaba con
su esposa Mamie.
--Odio el invierno-- dijo Mamie.
--Mamie, no digas eso-- sentenció Ike--, Ojalá
el invierno durara toda la vida. Creo que en la próxima primavera
las cosas comenzarán a marchar de mal en peor. Cada vez que veo
caer la nieve, me alegro.
Se ajustó el cintuirón de la bata y antes de apagar
la luz, acercó el rostro a la ventana. Y allí quedó,
pegado de narices al cristal empañado. Mamie estaba recostada, en
la cama, con los ojos abiertos y no notó nada.
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Saturnino Fernández había llegado a un grado de
beatitud por el cual pagaba todo el dinero que podía percibir como
reportero y cubría el saldo con su propio hígado, porque
la felicidad alcohólica exige un alto precio. Miró su reloj.
Eran las 23.9 --hora local, por supuesto--, cuando notó un revuelo
entre los parroquianos.
Oyó los gritos, vio correr a la gente de un lado a otro,
mirando hacia el cielo.
--¿Qué pasa?
De pronto, se acalló todo. Un ómnibus número
164 subió a la acera y barrió con las mesas instaladas en
ella. Hubo tres o cuatro muertos y varios heridos. Nadie se movió.
Los que sufrieron el impacto cayeron, los demás quedaron inmóviles.
Saturnino Fernández pidió una copa más al barman.
El barman, --José Antonio López, español de 21 años,
con 2 residencias en el país-- estaba con la cocktelera en el aire,
ojos y boca abiertos, sorprendido en el instante de mezclar un San Martín
seco.
Por la avenida de Mayo comenzaban a verse unas extrañas
pelotas de plumón blanco. Saturnino se rascó la cabeza. Con
paso inseguro, eso sí, pero mente apacible, trató de levantar
a un herido que no se quejaba aunque le sangraba profusamente la cabeza.
No lo logró. Pidió ayuda a un transeúnte paralizado
y este no pareció oírlo.
Decidió entonces que debía enfrentar la situación
con calma. Retornó al mostrador del bar y tomó una botella
de la cual bebió un largo trago sin necesidad de usar el vaso.
--Eh... ¿Qué pasa?
Una voz aguardentosa desde el fondo lo interpeló.
--Tráigame un trago, compañero.
Era un sujeto de barbas, con los ojos inyectados en sangre, el
que reclamaba algo más de bebida. Saturnino se unió al barbudo
y ambos terminaron de beber la botella mientras discutían la situación.
--Lo que me parece-- decía el barbudo-- es que vos estás
muy borracho.
--Por cierto que lo estoy-- respondió Saturnino--. Pero
eso no me impide ver esas pelotas blancas. Y toda la avenida de Mayo está
paralizada. Nadie se mueve. Debe ser alguna peste.
Saturnino, del brazo del barbudo, comenzó a recorrer la
ciudad. Al rato de andar tomaron un automóvil, bajaron al chofer
paralizado y lo condujeron por turnos. Ninguno de ellos era chofer avezado,
pero cuando el auto se detenía o se abollaba contra cualquier obstáculo,
se apoderaban de otro.
También detenían la marcha de vez en cuando para
descender ante un bar, con toda la gente paralizada y apoderarse de algunas
botellas, reserva de combustible imprescindible. Hasta que poco a poco,
con la lógica de los ebrios conuetudinarios, llegaron a una aterradora
conclusión.
--Oye, barbudo-- dijo Saturnino--, ¿te das cuenta de que
la ciudad está paralizada?
--Me doy-- respondió el barbudo con un laconismo hipante.
--Y que hasta ahora, ¿quienes no han sido afectados?
--Nosotros dos.
--Además de nosotros, los demás que hemos encontrado
en actividad son los borrachos.
--Es cierto.
--De modo que ..., ¡Salud!
Sin nada de la moderación homeopática, ambos siguieron
un tratamiento a fuerza de botellas. Y muy pronto relacionaron la paralización
de la ciudad con las bolas blancas que estaban en todas partes. En las
calles, en las plazas, en algunos balcones.
--Lo que tenemos que hacer es destruir estas cosas-- decidió
Saturnino.
Manos a la obra. Comenzaron en la plaza del Congreso. A puntapiés
y luego con un camión municipal barredor, hicieron una alta pila
de bolas de plumón y le prendieron fuergo. La pila ardió
magníficamente. Luego otra y otra. A la madrugada, fatigados, proseguían
su labor.
Pero habían reclutdo a un centenar de borrachos que con
paso inseguro se dedicaban a la labor, estimulados por constantes tragos.
Saturnino y el barbudo iban y venían, de los bares más cercanos,
a varios puestos improvisados, reabasteciéndose de bebidas. Y al
cabo de dos días, depejado un terreno aproximado de seis manzanas,
vieron con estupor que los paralizados comenzaban a revivir.
Quienes daban señales de movimiento eran enrolados de
inmediato, previa dosis de bebidas estimulantes y una vez bien borrachos,
se los lanzaba a la lucha.
La lucha, en Buenos Aires, duró nueve días, pues
en proporción geométrica, los grupos de Saturnino y el barbudo
se convirtieron de patrullas en regimientos, de regimientos en divisiones,
de divisiones en cuerpos de ejército. Se tambaleaban, hipaban, dormitaban
un ratito, siempre vaso en mano y armados con abundantes bebidas, continuaron
su avance.
Conquistada la ciudad, se reconquistó el interior y se
lanzaron expediciones al resto del mundo.
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En aviones que zigzagueaban, conducidos por pilotos ebrios, partieron
las fuerzas de choque de Saturnino enarbolando la bandera que ostentaba
una efigie de la Libertad con gorro frigio y una botella en la mano.
Llegaron a otras ciudades y otros países. Se liberó
América primero, después Europa; poco a poco los hombres
de la botella limpiaron el mundo.
En la academa de Ciencias de París, en la Comisión
de la Energía Atómica de Estados Unidos, en el Centro de
Inverstigaciones Lenín de Moscú, se estudió el caso.
Una comisión internacional de sabios dió su dictamen:
"Aparatos no identificados provenientes del espacio, lanzaron
sobre la tierra un material que no ha podido ser analizado totalmente,
pero del cual se guardan muestras, que paraliza la mente de los seres humanos.
Con tan simple armamento, los invasores hubieran podido apoderarse de la
Tierra fácilmente. No calcularon, en cambio, que las mentes de las
personas afectas al alcohol, quedaban por tal hecho inmunizadas a tales
efluvios nocivos. La sangre, con alto dosaje alcoholico, los preservó
de caer vencidos, su mente, acostumbrada a los vapores vínicos,
pudo actuar a la perfección".
Los historiadores gloriaron la figura magnífica del héroe
y mártir Saturnino, caído gloriosamente en la defensa de
nuestro planeta, a consecuencia de una cirrosis hepática, complicada
en las últimas horas de su agonía con las visiones apocalípticas
de un delirium tremens de órdago.
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Un mes más tarde, el 12 de enero de 1957, Bulganin y Eisenhower
almorzaban en "algún lugar de Europa". El vodka y el whisky corrieron,
claro está, como "preventivo" contra cualquier otra invasión.
Pero de ese almuerzo y de muchos otros surgió el Gobierno Mundial,
se borraron las fronteras y ondeó, junto a las banderas de todos
los países, la bandera de la Libertad con la botella.
La humanidad se había unido contra los invasores espaciales
y brindaba por la concordia y por la paz. Hubo, es cierto, una época
de grandes emigraciones en masa, pues muchas eran las personas que creían
vivir mejor allí en lugar de aquí.
Después se recuperó el equilibrio y todo marchó
mejor. la mayor parte de los presupuestos de guerra se destinaron a fabulosas
destilerías y la estatua de Saturnino Fernández, con su rostro
ascético y su vaso alzado hacia el cielo, como desafío a
los desconocidos de otros mundos, está en todos los lugares, venerado
y admirado.
Desde el lugar donde escribo estas íneas diviso su silueta
en medio de la plaza. Son las 23 y he terminado. Beberé media botella
de whisky y me marcharé a casa.
Primero tengo que estar algo alcoholizado, si no las patrullas
policiales me detendrán. La sobriedad es una infracción grave
en nuestro nuevo, pacífico, amable y magnífico mundo.
Buenos Aires, diciembre 12 de 1959. (Escrito para el boletín
internacional de Estudios Históricos, edición destinada a
conmemorar a Saturnino Fernández, Apóstol de la Botella)
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No se si se enteraron de que se descubrió que las células
cerebrales, las neuronas, pueden regenerarse. Antes se pensaba que si una
neurona se moría no había forma de recuperarla. Este es un
descubrimiento cuya importancia no puede subestimarse. Todos oímos
la frase 'el alcohol mata neuronas', bueno, ahora podemos responder, mientras
nos desayunamos con nuestra copita diaria de ginebra, 'no importa, las
puedo regenerar'. Incluso podemos agregar que el cerebro funciona a la
velocidad de la neurona más lenta que tengamos, ese sería
el límite de procesamiento del cerebro. Bueno, si el alcohol mata
neuronas, es lógico pensar que las neuronas que mata son las más
débiles y lentas. Y como sabemos que las neuronas viejas son reemplazadas
por neuronas nuevas, la próxima vez que nos vean tomándonos
hasta el agua de los floreros podemos decir 'estoy optimizando mi
cerebro, matando las neuronas viejas y lentas y reemplazándolas
con neuronas nuevas y jóvenes'.
Eso me recuerda al borracho al que mandaron al médico para que
lo 'curara' de su alcoholismo. El médico le dijo 'mire esto', y
puso un gusano en un vaso de agua. El gusano, feliz y contento, nadaba
por todo el vaso. Luego llenó un vaso con ginebra y puso el gusano
adentro, el que se murió instantaneamente. El médico, viendo
la cara de asombro del borracho, dijo 'eso nos enseña una importante
lección, no es así?'. El borracho le dijo 'por supuesto.
Eso significa que, si sigo tomando, jamás voy a tener gusanos'.
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Cuentos de Roberto Arlt
Sacados de www.literatura.org
Hijo de un inmigrante prusiano y una italiana, Roberto Godofredo
Christophersen Arlt nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores,
el 2 de abril de 1900.
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El origen de algunas palabras de nuestro léxico popular
Ensalzaré con esmero al benemérito "fiacún".
Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías
a hacer el elogio del "fiacún", a establecer el origen de
la "fiaca", y a dejar determinados de modo matemático y preciso
los alcances del término. Los futuros académicos argentinos
me lo agradecerán, y yo habré tenido el placer de haberme
muerto sabiendo que trescientos setenta y un años después
me levantarán una estatua.
No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y
desde Núñez a Corrales, que no haya dicho alguna vez:
-¡Hoy estoy con "fiaca"!. De ello deducirán seguramente
mis asiduos y entusiastas lectores que la
"fiaca" expresa la intención de "tirarse a muerto", pero
ello es un grave error.
Confundir la "fiaca" con el acto de tirarse a muerto es lo mismo
que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo. Exactamente
lo mismo. Y sin embargo a primera vista parece que no. Pero es así.
Sí, señores, es así. Y lo probaré amplia y
rotundamente, de tal modo que no quedará duda alguna respecto
a mis profundos conocimientos de filología lunfarda. Y no
quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa,
es decir, una expresión corriente en el dialecto de la ciudad que
tanto detestó el señor Dante Alighieri.
La "fiaca" en el dialecto genovés expresa esto: "Desgarro
físico originado por la falta de alimentación momentánea".
Deseo de no hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca
paraguaya durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso
durante ciento y
pico de años. Sí, todas estas tentaciones
son las que expresa la palabra mencionada. Y algunas más.
Comunicábame un distinguido erudito en estas materias,
que los genoveses de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba,
decían: "Tiene la "fiaca" encima, tiene". Y de inmediato le
recomendaban que comiera, que se alimentara. En la actualidad el gremio
de almaceneros está compuesto en su mayoría por comerciantes
ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión
del almacenero en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por
italianos y casi todos ellos oriundos de Génova. En los mercados
se observaba el mismo fenómeno. Todos los puesteros, carniceros,
verduleros y otros mercaderes provenían de la "bella Italia" y sus
dependientes eran muchachos argentinos, pero hijos de italianos. Y el término
trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir, la Boca, y
fue desparramándose con los repartos por todos los barrios. Lo mismo
sucedió con la palabra "manyar" que es la derivación de la
perfectamente italiana "mangiar la follia", o sea "darse cuenta".
Curioso es el fenómeno, pero auténtico. Tan auténtico
que más tarde prosperó este otro término que vale
un Perú, y es el siguiente: "Hacer el rostro". ¿A qué
no se imaginan ustedes lo que quiere decir "hacer el rostro"? Pues hacer
el rostro, en genovés, expresa preparar la salsa con que se condimentarán
los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la aplican cuando
después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera
de la venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender
o utilizar momentáneamente, se llama el "rostro", es decir, la salsa,
que equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya
pasado el peligro.
Volvamos con esmero al benemérito "fiacún". Establecido
el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se
aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran
muchachos, a esos robustos ganapanes de quince años, de dos metros
de altura, cara colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban
descubierta una media tricolor, y medio zonzos y brutos. Esos muchachos
era los que en todo juego intervenían para amargar la fiesta, hasta
que un "chico", algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo eliminándolos
de la función. Bueno, estos grandotes que no hacían nada,
que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con gesto huído,
estos "largos" que se pasaban la mañana sentados en una esquina
o en el umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los
primitivos "fiacunes". A ellos se aplicó con singular acierto el
término.
Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años
el "fiacún" dejó de ser el muchacho grandote que termina
por trabajar de carrero, para entrar como calificativo de la situación
de todo individuo que se siente con pereza. Y, hoy, el "fiacún"
es el hombre que momentáneamente no tiene ganas
de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como
la de "squenún", sino que tiene una proyección transitoria,
y relacionada con este otro acto. En toda oficina pública y privada,
donde hay gente
respetuosa de nuestro idioma y un empleado ve que su compañero
bosteza, inmediatamente le pregunta: -¿Estás con "fiaca"?
Aclaración. No debe confundirse este término con
el de "tirarse a muerto", pues tirarse a muerto supone premeditación
de no hacer algo, mientras que la "fiaca" excluye toda premeditación,
elemento constituyente de la alevosía según los juristas.
De modo que el "fiacún" al negarse a trabajar no obra con premeditación,
sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.
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La radio es un ejercicio de imaginación. Necesita de la participación
activa del oyente, que se deje llevar que no piense que acepte todo lo
que le sugieren sin ponerse a analizar. Es la fantasía que se acepta
por un momento como cierta. Hay gente que realmente se deja llevar. Una
vez me contaron de un chico que realmente se dejaba llevar por las historias
que escuchaba. Realmente le pasaban cosas raras cada vez que se ponía
a escuchar la radio. A el le gustaba mucho escuchar la radio, podía
estar horas escuchando con atención una voz que salía por
un parlante. Esa voz lo fascinaba a tal punto de perder el interes por
todo, excepto por esta voz. Una voz a veces aguda, a veces grave, a veces
rápida, a veces lenta, hablando sobre una musiquita. Una voz que
lo acompañaba, que le hablaba directamente a él. Todo lo
que sabía de esa voz era que le hablaba a un micrófono en
algun lugar. Quizá no era tan fácil imaginarse el micrófono
como lo era imaginarse los labios que hablaban. Era fácil imaginarse
un par de labios moviéndose atrás de ese micrófono.
Empezaba imaginando esos labios moviéndose en la oscuridad y la
escena iba iluminándose en su cabeza. Veía una nariz por
encima de los labios, con un par de ojos y sus cejas, el pelo y las orejas.
Cuando la cara estaba completa, veía un par de manos sobre una mesa
llena de papeles, veía un cuerpo sentado en una silla, y de a poco
tenía una persona completa donde antes había sólo
una voz. Esa persona era tan real como la voz que salía del parlante,
tan real como la radio, y estaba tan presente como su respiración.
Podía imaginarse que estaba frente a esa persona, y que la miraba
mientras hablaba, la veía sonreir mientras decía algo, la
veía leyendo un texto de un papel, y se imaginaba a si mismo hablándole.
Se imaginaba lo interesante que sería conversar con esta persona,
y mientras escuchaba esa voz podía sentir la conexión que
lo unía con esa persona, una unión firme y sólida,
una persona que lo hacía sentir cómodo y contenido. Alguien
cálido y agradable. Por eso, aunque sabía que el programa
terminaría en algun momento y esa voz se callaría,... podía
seguir escuchando esa voz en su interior, hasta la semana que viene, cuando
fuera hora de prender la radio nuevamente y sintonizarla para volver a
escuchar esa voz.